Desde hace algunos días venía pensando en escribir sobre la piratería, de un modo por completo parcial, sesgado y manipulado, por supuesto. Así que aquí estoy.
Cuando oímos la palabra “pirata” a cada uno nos viene a la cabeza un asunto distinto: la sgae, promesasquenovalennada, el capitán Garfio, Johnny Deep, la botella de ron, Sandokán, Errol Flynn. La del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo…
De niño devoré las novelas de Emilio Salgari, y “sinónimos” de pirata como corsario y filibustero pasaron a formar parte de mi vocabulario, además de conocer a los tugs, las cimitarras… ¿Quién no hubiese querido ser Yáñez (algunos tenemos vocación de segundones)? ¿O Long John Silver? ¿Quién no ha gritado mil veces “¡al abordaje!”?
Canciones, novelas, cuentos y películas aportan una visión romántica del oficio de pirata, haciéndolos en innumerables ocasiones protagonistas y con un sentido ético y moral inquebrantable. ”Quien se queda atrás, se queda atrás”. El código del pirata. ¡Parlamento! Y al menos novelescamente, caballeros ante todo. Te podían pasar por la quilla, pero eso sí, tratándote de usía.
Pero luego llega la realidad, y con la edad uno comprende que la definición de la rae es correcta: “Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar”. Meridianamente claro, vamos.
¿Y los corsarios? Ah, pero… ¿no era un sinónimo de pirata? Pues… no, no exactamente. Un corsario viene a ser… un pirata con patente de corso. Me parece que la definición a la que os remito es bastante amplia y precisa (y es fantástica la imagen que contiene de la patente de corso). ¿Os suena Francis Drake?
Así que tenemos a los piratas, que básicamente se mueven por motivos económicos, y a los corsarios, que también, pero con un toque político… Todos ellos atracadores, ladrones. Eso sí, aventureros y por tanto muy… cómo decirlo… fotogénicos. Pero atracadores al fin y al cabo. Y aunque Sabina también cantó a tres chorizos de tierra firme (pacto entre caballeros), a mi me han puesto un cuchillo en el estómago para atracarme y os aseguro que no es nada poético (y está claro que no canto bien).
Los piratas que han secuestrado el Alakrana no tienen nada de poéticos, ni un velero bergantín. Ni creo que un código de honor. Tienen un negocio. Secuestran barcos. Los abordan, amedrentan a la tripulación, y piden un rescate. Si tuvieran la fortuna de topar con un yate de un millonario seguramente con el botín tendrían bastante. Pero lo que pasa por allí son pesqueros, así que los secuestran, y piden rescates.
Y como, a diferencia de las novelas, donde todo el mundo se entiende fácilmente (¿qué hablaban en “Los piratas de Malasia”, italiano acaso?), probablemente no coincidan idiomáticamente con los pescadores, se hacen entender del modo más claro posible: cuchillo al cuello, disparos, golpes. Por la fuerza. No sé muy bien cómo es eso de que no les permiten hablar con las familias, y sí con la prensa: ¿hablan o no el mismo idioma? ¿No será que los propios pescadores entienden que hacen más presión mediática en España si hablan con Gabilondo en directo que si le dicen cositas a su mujer en privado?
Está claro que el gobierno español no debe pagar ningún rescate. No es que no tenga obligación, es que yo creo que tiene la obligación de no hacerlo (ya habla de ello Dorothy). Y que alguien me corrija si me equivoco, pero… ¿no es ilegal pagar rescates? Porque al fin y al cabo estás colaborando con delincuentes; imagino que eso se hace de espaldas a las autoridades, y éstas hacen lo imposible por no enterarse. Igual que creo que si tiene la oportunidad de capturar a uno o dos piratas, debe hacerlo. Quizás sea poco inteligente, quizás esté dificultando la resolución del problema; quizás podrían haber silbado para otro lado al verlos venir; quizás. Pero aún así, no me parece una estupidez.
Tema aparte es la comedia que nos hemos montado acerca de la mayoría o minoría de edad de un pirata, con entrevistas incluidas a la madre de la criatura (ay… que mi nene todavía está con los dientes de leche).
Ahora habrá que encontrar la solución legal para facilitar las cosas. Para ello uno de los piratas, el chavalín, ha contratado a un abogado español, hiperpijo de la muerte. Coño, el chaval llega a la cárcel y en dos ratos hace amigos que le recomiendan abogado y todo… Insisto, ¿en qué idioma? Cómo apesta esto, ¿no? ¿Y quién paga ese abogado? Él ha insinuado algo de unos fondos reservados, a lo que el abuelo Moratinos ha dicho que nasti, que el gobierno no paga a abogados de piratas; quiero creer que dice la verdad, así que lo creeré. Entonces… ¿por qué no es obligatorio que los abogados declaren quién les paga? ¿No nos llevaría eso a la raíz del problema?
¿Una intervención militar? Como ya dicen otras fuentes, supongo que la seguridad de los marineros es lo primero.
La situación política en Somalia no ayuda nada. El Estado fallido, lo llaman. Esperar colaboración suya es casi esperar un milagro. Pero el título de este post no es casual. Probablemente lo que insinúo no es políticamente correcto, probablemente sea una salvajada, pero dudo que sea el único que lo piensa. Porque, seamos serios: a Somalia no le viene nada bien la legislación que el primer mundo impone sobre el tercero y permite a pescadores de cualquier lugar esquilmar los recursos de sus costas (ya opina de estoy MissPeel); pero imagino que oponerse a ello no es “diplomáticamente” fácil. Pero al fin y al cabo la piratería está de algún modo alejando a los pescadores de aquellas peligrosas aguas. Así que… sí, yo creo que a Somalia la piratería, si no le beneficia, no le hace demasiado daño. Los piratas le hacen el trabajo sucio, el que un estado de derecho no puede realizar.
Ya advertí que sería una visión absolutamente parcial, sesgada y tramposa.
Como dije, Sabina no es el único que ha cantado a los piratas; también Serrat, y ya que has llegado hasta aquí, al menos dos canciones de “regalo”.
Por cierto, si podéis, buscad un artículo de Arturo Pérez Reverte titulado como este post. No querría tener que escanearlo…